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Que vivimos a un ritmo vertiginoso y precipitado cada día. Hay veces en las que tener una hora libre puede llegar a hacerte sentir sensación de ‘culpa’.

Los padres nos hemos convertido, además en los gestores culturales de la vida y del espacio del ocio de nuestros hijos, proporcionando en elemento más a la suma de los días que nos pasa factura tanto a nivel de energía como en el aumento de estímulos que somos capaces de proporcionar a los hijos que de manera ‘desmesurada’ piden más y más: que no es más que la respuesta lógica del nivel al que reciben su respuesta de su satisfacción al estímulo. Todo esto se traduce en unos efectos contraproducentes para un buen desarrollo de la imaginación del niño, su paciencia y su tolerancia a la frustración. Pero, como antes decía, es la respuesta lógica a como llevamos a cabo esa función de gestores culturales.
En la actualidad los niños han acortado su capacidad para entrenar la paciencia, acortando su tolerancia a la frustración, su necesidad de vivir más y más rápido ha aumentado, asi como ha disminuido su capacidad para el asombro, que justo es la puerta para el aprendizaje y la curiosidad. Apareciendo además el, tan a veces temido para los padres….’me aburro’ palabra que suele poner de los nervios ante la nueva demanda de insatisfacción y la poca energía creativa que pide ‘entretenme’ una vez más…’me dirijo a ti… papa/mama’
O los estados de agitación continua, siempre listos para salir precipitadamente… automáticamente…sin espacio para pensar.
Poco a poco el amor incondicional de los padres, madres…se vuelve tiranía en los hijos, exigencias sin límites entran en juego y son aceptadas por ambas partes. Todo sucede tan rápido…que ya ha pasado.
Tanto en padres como hijos aparecen síntomas relacionados con el estress, ansiedad y presión social.

Somos capaces de vivir 24 horas cada día…sin notar una respiración…viviendo vertiginosamente, sin mirar a los ojos de la persona que está al lado, o con quien te cruzas, comiendo sin saborear, saludando sin encontrar un tono de encuentro, sin descubrir que hay en los laterales del camino que recorres, volviendo a ‘dormir’ …si puedes, para volver a despertar a unas nuevas 24 horas que no recordarás.
Ante tal agotamiento y robo de energía (permitida o no) ¿Dónde crees que queda la disponibilidad emocional para los hijos ante este estado ? ¿ Y para la persona con la que quizá compartamos algo más que vida?¿ Y para nosotros mismos ?
Todo queda relegado a la necesidad de recuperar energía. Y a veces el precio que hemos de pagar por ello pasa factura a nuestra salud cambiándolo todo una vez más.

¿Te imaginas habitar las 24 horas de un día?

Poniendo un poco de aportaciones científicas que basan sus estudios en investigaciones sobre programas de Mindfulness en niños y adolescentes:
La infancia tardía, o adolescencia temprana, es un periodo propicio para el desarrollo de intervenciones basadas en mindfulness en el ámbito escolar. Este periodo de desarrollo es un etapa relevante en la transición de la infancia a la adolescencia, donde la personalidad de los niños, los comportamientos y las competencias empiezan a consolidarse (Collins, 1984). En esta etapa se producen cambios relevantes en la conformación funcional y estructural del cerebro, siendo éste muy susceptible a la influencia de las experiencias ambientales (Davidson et al., 2012). Dotar a los niños de habilidades que les permitan tener un funcionamiento óptimo en el día a día parece tener una influencia relevante sobre su desarrollo presente y futuro (Moffit et al., 2011).
En la pre-adolescencia, los síntomas externalizantes -como los problemas de conducta- y los síntomas internalizantes -como la ansiedad o el afecto negativo- son comunes (Keenan, Feng, Hipwell y Klostermann, 2009). Muchos pre-adolescentes presentan altos niveles de ansiedad y/o problemas de conducta que, sin cumplir criterios diagnósticos clínicos, les suponen restricciones en su vida diaria (Oland y Shaw, 2005).